¿Por qué ir a ver Terra Baixa?

Los clásicos se reinterpretan. Se adaptan al paso del tiempo, a las épocas que los siguen. Así, un espectador de hoy —y un lector— puede encontrar en Terra Baixa lo que un espectador coetáneo de su autor ni se planteó.

Se lo digo a los alumnos cuando leemos las palabras de Marta, lejos —también cerca— de las que diría en la actualidad. Lo que dice Marta, una mujer de nuestro tiempo lo diría con otras palabras, pero podría expresar, lamentablemente, lo mismo.

El dramatismo perdura porque el drama se mantiene. Marta, así lo ven los alumnos —especialmente las chicas—, es una mujer maltratada que, como suele pasar, ni lo sabe ni lo admite. No ha elegido, no ha decidido cómo vivir ni con quién acostarse —lo tenemos que expresar así de claro con los alumnos. Es una mujer que, por todo lo que ha vivido, o —mejor— por todo lo que le han hecho vivir, tiene una nula autoestima y pide a gritos, tal cual, que la borren del mapa. Por eso no entiende que haya alguien que la pueda amar y valorar. El amor, digámoslo sin rodeos, la hace libre y la salva.

La Marta que Guimerà ha escrito es clásica porque admite un análisis feminista. Recuperar la dignidad, luchar por uno mismo, por la propia felicidad, salir del camino... Todo esto es Marta.

Todo gravita alrededor de Marta, así lo ve un espectador actual. ¿También lo veía así un espectador de finales del siglo XIX? Ella es el vértice de un triángulo que da sentido a Manelic y a Sebastià.

Manelic, cuando tropieza con el amor, ¡ay!, topa con la infelicidad, los celos, la brutalidad... Manelic, con Marta, se encuentra con la insatisfacción —sí, sexual—, pero no se enfrenta a ello con brutalidad. La espera y no la toma. No hay violencia sexual. Así lo ven los alumnos. Manelic experimenta el escarnio y el ridículo, pero se sobrepone a ello.

Manelic, también lo ven los alumnos, queda condenado, con Marta, a vivir apartado de la sociedad. Se convierte en un prófugo, pero vuelve a su guarida, a las montañas. Es, lo decía un antiguo profesor mío de literatura, “un capullo roussoniano”. Los hombres, ¿somos buenos por naturaleza? ¿Nos vuelve malos la sociedad? La herencia —después vendrá Lamarck y tutti quanti— también nos predispone.

Manelic descubre a Marta, y con ella, el amor. El amor, así nos lo ha transmitido la herencia literaria, hace sufrir. Nos hace inseguros y nos debilita y, paradójicamente, nos hace fuertes y heroicos. Manelic se convierte en un héroe porque ha bebido del elixir del amor. Arrastra a Marta porque él, ahora con ella, deja de ser el hombre que ha bajado de las montañas, pero regresa rico de lo que ha vivido.

Sebastià, ¿el malo? Mirémoslo con ojos actuales. Atrapado por las deudas, por una posición social a la que no puede renunciar. Sebastià, en el fondo, es un hombre enamorado, también posesivo, que experimenta los celos enfermizos y que no quiere bajar de escala social. Es un cacique en toda regla que dispone de todo y de todos porque así lo transmite una tradición social que coloca a unos por debajo y a él por encima. Si no hay justicia, no hay libertad: esto nos transmite el texto, así lo ve un espectador actual. Ser el malo de la película puede hacer caer al personaje en una simplicidad abrumadora. Sebastià es más complejo que todo esto. ¿Por qué somos crueles, injustos, tiranos? Así lo debemos hacer pensar a los alumnos. Esta es la lectura actual que podemos hacer de este personaje. ¿Por qué somos capaces de vivir al amparo de un tirano?

¿Por qué los personajes comparsa que acompañan a los principales actúan hipócritamente? ¿Por qué se divierten con la simpleza de Manelic? ¿Por qué se muestran sedientos de sangre? El morbo, el fisgoneo, meter las narices en la vida de los otros... Esta es la lectura actual de todos estos seres. Son personajes de prensa amarilla, de plató de televisión, de reality.

Y de repente, 2015, viene Homar y los interpreta a todos. Los defiende a todos. Los hace a todos. Porque los humanos somos poliédricos, complejos. ¿Guimerà pensó una obra así? Qué más da. Lo que cuenta es que tantos años después haya —los clásicos tienen este defecto— una nueva puesta en escena de Terra Baixa, porque, como dijo alguien, “los tiempos están cambiando”.

 

Glòria Tomàs

Profesora de secundaria del Instituto de Flix.

Texto motivado por el debate en las clases de 1º y 2º de bachillerato a propósito de la obra Terra Baixa i Lluís Homar, que los alumnos vieron en el Teatro Borràs de Barcelona en una salida cultural.

 

8.4.2016